29 de junio de 2009
A veces pienso si realmente tengo ese órgano que bombea la sangre, que nos ayuda a vivir y por supuesto, intenta no dejarnos morir. Siempre suelo hablar de él, sobretodo cuando escribo, porque siento que muchas veces se desangra y llora por mí, también creo que es él el quien realmente llora, el que sufre y que yo solamente demuestro lo que está pasando en mi interior, en su cuerpo diminuto. Pero durante tantos años de convivir con él, de conocerlo y sobretodo de hacerle padecer tantas cosas, he llegado a la conclusión que últimamente se a querido olvidar de mí y lo único que hace es bombear la sangre, ya no comparte mi sufrimiento y ni si quiera mi llanto, ahora soy yo quien realmente está sintiendo las cosas, sí, esas estúpidas pero dolorosas cosas. Y creo que me quedé sin corazón que ahora se ha vuelto parte de mi organismo pero que no forma parte de mí, ni si quiera mi alma la siento ya, creo que por fin ha hecho lo que quería, echar a volar. Por ser tan idiota me he vuelto una persona fría, que no quiere volver a saber nada de un sentimiento, ni lo que significa el verbo amar o el que siempre está presente entre mis labios, sufrir. Ni si quiera puedo mostrarlo a aquellas personas que tanto necesito y tanto quiero. Incluida mí familia. Yo solo quiero seguir viviendo y llegar al último día, sin tener que derrochar una lagrima más. Aunque para ello tenga que ser un cuerpo vacío que vague sin rumbo, y no llegue al destino que tanto anhelaba. Finalmente he colocado una piedra, una roca fría y escarpada, en donde estaba realmente lo que podemos llamar la fuente nuestra vida, lo que nos hace vivir y lo que intenta que perduremos para ver las maravillas del mundo. Se llamaba corazón